La educación en la República Dominicana sin dudas ha tenido avances
en los últimos doce años, y los resultados son palpables en instituciones
de excelencia como INFOTEP y el ITLA, así como en el crecimiento del
número de escuelas públicas de enseñanza básica y media a escala
nacional.
Pero queda mucho por hacer, pues no se trata exclusivamente de
destinar el 4% del PIB al desarrollo de esta importantísima actividad
social que es la educación. Necesitamos un cambio de mentalidad que permita desplegar tres ejes estratégicos orientados a lograr un salto de calidad:
1-Reformular el contenido del currículo de algunas materias
Por ejemplo, el currículo de lengua española, en todos los grados de
escolaridad, necesita despojarse del tradicional enfoque gramático
estructuralista y morfosintáctico, porque esos contenidos no tienen
utilidad práctica en el desempeño comunicativo real de los hablantes,
hecho que no todos los metodólogos aprecian en su justa dimensión. En
1922 el filólogo brasileño-español Américo Castro, en un trabajo
titulado “La enseñanza del español en España” advertía:“Una primera
confusión que conviene remover es la idea absurda de que el idioma se
enseña estudiando gramática [...]. La gramática no sirve para enseñar a
hablar y escribir correctamente la lengua propia, lo mismo que el
estudio de la fisiología y de la acústica no enseñan a bailar, o que la
mecánica no enseña a montar en bicicleta”.
Y remataba su punto de vista argumentando: “Si fuera posible hacer
que Cervantes analizara gramaticalmente el Quijote, no podríamos darle
sino una calificación bastante mediocre. Y, sin embargo,no puede decirse
que Cervantes escribiese incorrectamente el español”.
Nuestra propuesta es enseñar lengua española a través de la lectoescritura.
Pero téngase en cuenta que en la práctica real y cotidiana del habla
escrita los textos no son una suma de “oraciones” vinculadas por
subordinación, coordinación o yuxtaposición, atrapadas dentro de un
párrafo. Ningún hablante razona lo que dice ni interpreta en términos
gramaticales lo que escucha o lee.
Los textos son un despliegue comunicativo escrito donde las ideas
del autor, en torno a un tema, han sido puestas en contexto referencial
para lograr la comprensión de los lectores. Y esa comprensión se produce atendiendo al plano semántico, no al morfosintáctico.
Los docentes –incluyo a los formadores de maestros– pudieran emplear
esta estrategia de lectoescritura pragmática y convertir cada clase en
un taller donde los estudiantes “vivan” el proceso creativo de un
texto y desplieguen todo el conocimiento previo que posean acerca de un
tema; donde aprendan a contextualizar la comunicación para precisar
significados. Por esta vía formaremos, desde edades tempranas,
individuos con mejores capacidades de razonamiento complejo,
propiciándoles así múltiples autopistas de acceso a la comprensión de
otras materias, porque al fin y al cabo todo proceso de aprendizaje se
produce a través de actos discursivos orales y escritos.
2-Poner énfasis en la capacitación de los maestros
Los maestros son una creatura moldeada por el enfoque de
esos mismos currículos que necesitan ser cambiados. En dichos currículos
se privilegian las “metodologías” y las “didácticas” en detrimento de
contenidos culturales que les ampliarían una visión integral del mundo
como totalidad compuesta por subsistemas interconectados. Una barrera
inexplicable para la calidad de los docentes, por ejemplo, es la
disposición de que la edad límite para ser formador de maestros
es 50 años. Otras barreras son los bajos salarios y la falta de
incentivos y de reconocimiento social de esta importante profesión.
3-Repensar el tipo de libros de texto empleados en las aulas
Los contenidos de los libros de textos escolares son reflejo de los
enfoques obligados por esos mismos currículos que deben ser cambiados.En
la enseñanza del español, por ejemplo, esos libros presentan tópicos
fragmentados, que obligan al alumno a memorizar (de ahí la cantidad de
recuadros en que se resume lo que deben recordar); por tanto, son
contenidos carentes de secuencia (saltan de un tópico a otro dejando
lagunas) y plagados de conceptos lingüísticos inservibles para los no
especialistas (“deícticos”, “sintagmas”,etc.), insistiendo, como poleas
de transmisión del currículo, en formar “gramáticos” en vez de buenos
comunicadores. ¿El resultado? Un círculo vicioso que perjudica a los
estudiantes, a los maestros y a la nación, que permanece anclada sin
poder avanzar al ritmo que demanda la competitividad de nuestros
días.¿Se imaginan el salto de calidad si esas mismas casas
editoras–obligadas positivamente por el currículo–imprimieran obras totales, genuinas y emblemáticas de cada autor para cada materia?
El desafío, en suma, es desconstruir las concepciones curriculares
que no han dado ni darán resultado, en aras de lograr una verdadera
transformación educativa que amplíe los horizontes del saber y libere
cada curso escolar a padres, alumnos y colegios de esa nociva práctica
comercial que pudiéramos asumir como acoso textual.
